La universidad pública trata de resolver sus problemas actuales con una estructura del siglo pasado

LORENZO DÍAZ CRUZ*

Estos días los universitarios estamos viviendo tiempos inéditos, con un paro estudiantil que pasó de plantear unas demandas coyunturales a un movimiento que está llamando a reformar la universidad misma. Es una situación que nos mantiene en vilo, sin poder impartir clases ni acceder a los servicios para docentes y trabajadores. Sin embargo, lo que está en juego es de una importancia tal, que pasar por esta situación pareciera el mal menor.

Mucho se ha escrito al respecto, tratando explicar las razones por las cuales en la BUAP no pasa nada hasta que sucede, dando la impresión de mantener una especie de equilibrio que por unos años parece constante, pero de vez en cuando muestra su lado inestable. Por mi parte, siendo un profesor que llegó a la universidad en los años noventa del siglo pasado, sin haber estudiado en la misma, me han llamado la atención algunos signos que pueden parecer superfluos pero que quizás representan algo más.

Cuando llegué a Puebla hubo tres cosas que llamaron mi atención. Por una parte, la cantidad de tiendas con objetos religiosos, desde la CAPU hasta el zócalo, mismos que de alguna manera representan un sistema de creencias de la sociedad poblana, en la cual se formaron muchos universitarios. Este sistema no admitía el diálogo ni la duda o el debate, lo mismo en la Iglesia, el gobierno priista o la oposición del Partido Comunista.

Lo segundo que llamó mi atención cuando llegué a la BUAP, fueron los veinte o treinta vigilantes que siempre estaba cuidando la puerta del edificio Carolino.  Gente que no daba clases ni hacía investigación, ni estudiaba, tampoco cumplía una función administrativa, pero que decidía quien podía entrar o no, a ese edificio. Parecían un símbolo del poder de la administración que necesitaba de esos grupos para lo que se ofreciera.

De hecho, el paso de la época en que la universidad estaba dominada por el Partido Comunista a la época en que la misma se alineó con el sistema político dominante, fue una transición tan suave, que pareció como quitarle un dulce a un infante.

Llegaron luego aspectos varios, como un salario estable, bonos, la dualidad profesor-investigador, los programas de la SEP de los ochenta-noventa, todo lo cual nos llevó a un estado de equilibrio en que las autoridades universitarias, amén de administrar los recursos, fueron imponiendo reglas en nombre de una excelencia académica que a veces poco incidía en la formación de los estudiantes.

Así fueron sucediéndose autoridades universitarias que cada vez tenían un perfil menos académico. Por un lado, hubo mejoras innegables, por ejemplo, se logró cambiar la imagen de la universidad, las instalaciones también mejoraron; en esa época había recursos para apoyar la investigación, etc. Luego llegaron los años de austeridad republicana al amparo de la 4T, o decisiones de la misma universidad que nos llevaron a sobrevivir con menos recursos.

Cabe decir que lo bueno y lo malo que se hizo en la universidad era al margen de la mayoría de los universitarios. Nunca nos preguntaron si la torre universitaria o el campus en Valsequillo eran la mejor decisión. No, a nosotros nos tocaba obedecer y cumplir. Alguien podría argumentar que todo lo aprobó el Consejo Universitario, y es verdad que eso es parte de la legalidad, pero algo faltó que no nos motivara para ser parte de esas decisiones, quizás algo que tenía que ver más con la legitimidad.

¿Importa eso? Lo que estamos viviendo con el paro nos diría que sí, pues se fueron acumulando micro y macro agravios, que erosionaron la legitimidad en la universidad.

Tal vez los jóvenes han tenido el valor de decir que el rey va desnudo, algo que el resto de la comunidad veía como algo normal. En ese sentido, si se dice que nuestra universidad se rige por valores democráticos, entonces las elecciones de las autoridades deben cumplir un mínimo de condiciones para ser llamadas como tal. Al parecer, los estudiantes quieren que las cosas sean y no solo lo parezcan.

En un movimiento como el que ha surgido en la universidad, es natural que haya muchas demandas, algunas que se pueden resolver en el corto plazo, y otras que requieren un análisis más cuidadoso. Incluso es posible que sea necesario un congreso universitario que incluya todas las voces que puedan contribuir para tener una universidad a la altura de los tiempos que no toca vivir.

Por ejemplo, una demanda añeja de los estudiantes es contar con una planta de profesores “que sepa enseñar”. Para lograr esto los estudiantes proponen que se contrate una nueva camada de profesores jóvenes, que cumplan con estos estándares. Pero, ¿de dónde van a salir los jóvenes doctores, si la mayoría se está formando en la misma vieja escuela? Igual se critica la excelencia académica, como si tener una universidad comprometida con lo social, estuviera en contradicción con una universidad generadora de conocimiento, cuando ahora mismo es más necesario contar una planta académica que además de criticar el paradigma socio-económico actual y ofrezca alternativas serias y realistas.

Eso me recuerda la situación que se presentó en muchas universidades de Estados Unidos a finales del siglo XX, las cuales contrataban a muchos asiáticos como ayudantes de los cursos. Los estudiantes se quejaban de que no entendían el inglés de los asiáticos. Por un lado, los estudiantes tenían razón, pero esos asiáticos eran los mejores asistentes que ayudaban a que sus universidades alcanzaran mejores calificaciones en investigación.  Algunas universidades trataron de resolver la situación con una serie de cursos de inglés y métodos didácticos obligatorios para esos potenciales asistentes de docencia. Tal vez un programa así sea necesario en la BUAP.

Igual recuerdo que en alguna ocasión unos conocidos me pidieron diera un curso de matemáticas al nivel de prepa. El director era una persona con una formación muy amplia, en ciencias y humanidades, con mucha experiencia docente. Yo le pregunté qué lecturas de didáctica me recomendaba para poder atender estudiantes de ese nivel. El director me dijo: “Lo primero y lo esencial para contar con un buen profesor, es que conozca su materia, todo lo demás se puede mejorar”.     

Eso nos lleva a reflexionar sobre el modelo educativo que usamos, y analizar si el mismo ha sido ya rebasado por la realidad. Los profesores fuimos educados en el modelo tradicional, como transmisores de conocimiento. Tal vez los mismos alumnos están enganchados a ese modelo, en el cual cumplen un papel estático, como receptores de ese conocimiento. En algunos estudios de otros países, se ha tratado de avanzar en un nuevo modelo educativo. Por ejemplo, en el caso de las ciencias se propone que el alumno aprenda una disciplina de la misma manera como se genera el conocimiento científico, esto es: aprender observando, cuantificando y analizando la información pertinente de los fenómenos naturales.  

En este contexto, para cerrar este artículo, menciono el tercer aspecto de la universidad que llamó mi atención desde mi llegada a la BUAP. Ese es el fenómeno de endogamia, un fenómeno que por cierto se presenta en casi toda la universidad pública de México. Esto es, se tiene una mayoría de profesores de la misma que estudiaron desde la prepa, licenciatura, maestría y doctorado en la misma BUAP, todo sin haber nunca salido de Puebla.  Por un lado, con estas contrataciones se atendió la demanda de clases para una matrícula en aumento. Pero por otro lado con esta costumbre se perpetúan modos y conductas académicas y políticas, que no siempre permiten el cambio. De seguir por ese camino llegará el día en que tendremos una autoridad que habrá iniciado sus estudios en la BUAP desde el mismo círculo infantil.

*Doctor en Física (Universidad de Michigan). Premio Estatal Puebla de Ciencia y Tecnología (2009); ganador de la Medalla de la DPyC-SMF en 2023 por su trayectoria en Física de Altas Energías. Miembro del SNI, Nivel lll. Estudios en temas de educación en el Seminario CIDE-Yale de Alto Nivel (2016).